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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.13

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Ella comprendió, y al ser instalada con una multitud desdichada en el viejo navío anclado en el río Loire, empleó hasta el último instante en aflojar la soga que ataba sus manos, y en seguir con la mirada al hombre alto y barbudo que andaba por allí, al parecer cumpliendo con su tarea, mientras su sangre hervía de ira contenida y su corazón sangraba de vana piedad. Llegó el crepúsculo antes de que le tocara el turno a Yvonne, enervada por el horrible espectáculo que se había visto obligada a presenciar, pero cuando unas manos groseras la asieron, se preparó para
la zambullida, segura de que Gastón "estaría cerca". Lo estaba, pues entre la oscuridad y el estrépito, pudo saltar en pos de ella sin ser visto, y mientras la joven flotaba, le cortó las sogas y luego nadó junto con ella hasta que se atrevieron a pisar tierra. Ambos se hallaban casi agotados por la excitación y los esfuerzos de aquella hora reciente, pero Hoel, que los esperaba en la costa, ayudó a Gastón a llevar a la pobre Yvonne hasta una casa desierta, donde le proporcionaron fuego, comida, ropas secas, y la bienvenida más cariñosa que jamás blindó un ser humano a otro.
Como era una robusta campesina, la joven salió sana y salva de esas penurias que habrían causado la muerte o la locura a un ser más débil. Pronto pudo celebrar con sus valientes amigos aquella fuga tan audazmente planeada y llevada a cabo. Como se atrevían a permanecer allí sólo algunas horas, antes de la madrugada cruzaron el estado menos frecuentado del país, donde los fugitivos no eran raros de ver y los refugiados abundaban. Una aventura más, y ésta feliz, completó su júbilo y convirtió la fuga en una marcha triunfal.
Al detenerse a descansar en la espesura del gran bosque de Hunaudaye, los dos jóvenes fueron en busca de alimentos y dejaron a Yvonne pala que cuidara el fuego y se dispusiera a cocinar el venado que esperaban traer. Caía la noche, y aunque esperaban llegar a Dinan al día siguiente, los jóvenes aceptaron detenerse por la muchacha, agotada a causa de la, rápida fuga. Hablaban de sus aventuras, muy animados, cuando Gastón tapó la boca de Hoel con la mano y señaló a una cuesta verde que tenían por delante. Una luna temprana proporcionaba luz suficiente para que vieran una figura que entraba con rapidez en el soto, y algo parecido a las astas de un ciervo asomó por sobre el matorral, antes de desaparecer.


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