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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.12

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Gastón no se dio reposo, sino que se disfrazó de campesino y fue en su busca, acompañado por el fiel Hoel, que amaba a Yvonne y habría muerto de buen grado por ella y su joven señor. Los dos quedaron consternados al descubrir que la joven se hallaba en la Boufflay, una antigua fortaleza que antes fuera residencia real, convertida entonces en prisión, colmada de seres desdichados e inocentes, arrestados con los más leves pretextos y guillotinados o ahogados por el infame Carrier. Allí había cientos de hombres y mujeres, que sufrían terriblemente, y entre ellos Yvonne, siempre valerosa, aunque -no tenía esperanzas de escapar, pues pocos eran los que se salvaban, y sólo por algún afortunado accidente. Como una hermana de caridad, andaba Yvonne entre las pobres almas apiñadas en los grandes salones : hambrientos, con frío, enfermos y desesperados, y ellos buscaban su apoyo como si se tratara de alguna santa fuerte y bondadosa, que podía liberarlos o enseñarles a morir.
Al cabo de varias semanas de esta vida terrible, una mañana pronunciaron su nombre al leer la lista para las ejecuciones de ese día, y ella se incorporó para unirse a la lúgubre procesión que salía.
-¿Cómo moriré? -preguntó ella, al pasar junto a uno de sus guardias, un sujeto recio, de cara medio oculta por una barba salvaje.
-Te ahogarán; no tenemos tiempo que perder con mujeres -fue la brutal respuesta, pero apenas fueron pronunciadas esas palabras, cuando Yvonne sintió que le ponían un trozo de papel en la mano, y que una voz familiar susurraba a su oído estas palabras:
-¡Estoy aquí!
Era Gastón, allí, en medio de sus enemigos, empeñado en salvarla a costa de su vida, pues recordaba cuánto le debía y el lema de su raza. La impresión causada por ese descubrimiento estuvo a punto de delatarlos a los dos, y tan pálida se puso la joven, que una mujer que estaba a su lado la sostuvo con un brazo, diciéndole con dulzura
-Valor, hija mía; pronto pasará.
-Ya no temo nada -gritó Yvonne, que fue a ocupar su sitio en la carreta, tan serena y contenta que quienes la rodeaban la consideraron digna del cielo.
No hace falta repetir la espantosa historia de las Noyades; baste con decir que en la confusión del momento, Yvonne halló oportunidad de leer y destruir el papelito cuyo mensaje decía brevemente : "Cuando te arrojen al río, flota y llámame por mi nombre; yo estaré cerca".


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