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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.11

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Así subió la resistente soga, anudada de tanto en tanto para agregar seguridad. y fuerza a las manos y pies que debían descender por tan frágil escalera, a menos que un cruel destino destrozara al pobre muchacho contra las rocas de allá abajo. Atada la soga a una grapa de metal del interior, Gastón arrancó los barrotes y se arrastró por la estrecha abertura para encaramarse en el reborde exterior, mientras Blanchette bajaba volando para avisar a Yvonne de su llegada.
En cuanto apareció la chispa distante, el joven apretó los dientes, reunió ánimos y dio comienzo al peligroso descenso. La lluvia lo cegaba ; el viento lo azotaba contra la roca, magullándole las manos y las rodillas, y el trayecto le pareció interminable, mientras descendía con lentitud, aferrándose como un hombre a punto de aho­garse y bendiciendo a Yvonne por los nudos que le impedían resbalar cuando las ráfagas lo arrojaban de un lado a otro. Más de una vez se creyó perdido, pero la soga aguantó bien, y su fuerza y valor lo sostenían, de manera que al fin se dejó caer, sin aliento y sangrante, junto a la fiel Yvonne.
No quedaba tiempo para palabras : nada más que un apretón de manos, un suspiro de gratitud, y los dos partieron en busca de la embarcación agitada por las aguas, con un solo remero una capa sobre los hombros de Gastón, le ponía en su sitio.

-Es nuestro Hoel... Lo encontré buscándote. Es firme como el acero... ¡Sube y parte, o estás perdido ! -susurró Yvonne, mientras echaba en la mano una bolsa, una espada y una botella, y sostenía el bote para que él subiera.
-Pero ¿y tú? -exclamó el joven-. No puedo dejarte en peligro, después de todo lo que te has atrevido a hacer por mí.
-Estoy a salvo, nadie sospecha de mí. .. Ve en busca de mi madre, que te ocultará. Yo te seguiré pronto.
Sin esperar más discusiones, la muchacha empujó el bote y observó cómo se desvanecía en la oscuridad. Después se alejó para agradecer y descansar, luego de tanto trabajo y excitación.
Gastón llegó a casa sin novedad, y doña Gillián lo ocultó en las ruinas de la abadía, hasta que la ansiedad por Yvonne lo impulsó a buscarla para rescatarla a su vez. En efecto, ella no regresó, y poco después un soldado que volvía trajo la noticia de que había sido detenida en su fuga y enviada a Nantes.


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