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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.10

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una lima afilada obtenida sin. despertar sospechas, y una embarcación lista para recibir a los fugitivos.

Aunque peligrosamente sencillo, su plan era el único posible, pues Gastón estaba bien custodiado y, según las apariencias, de aquella elevada celda no podría escapar ningún prisionero, a menos que tuviera alas. Un ave y una mujer le prestaron esas alas, y su temeraria fuga fue el comentario unánime del fuerte. Solamente un joven habituado a cumplir proezas de agilidad y vigor, pudo haber llevado a cabo, sano y salvo, aquel riesgoso descenso por el acantilado que se elevaba sobre la costa. Pero Gastón estaba bien entrenado, y las travesuras juveniles que antes lo llenaban de ignominia, lo ayudaron entonces a salvar su vida.
Fue así como estuvo listo cuando llegó la orden, escrita por Yvonne con la tosca escritura que él le enseñara tiempo atrás : "Saca el hilo que llevará Blanchette a medianoche. Busca una luz en la bahía. Luego baja, y que San Barbe te proteja". La pequeña lima de resorte de reloj, traída por la paloma, ya había cumplido su obra, de modo que varios barrotes estaban sueltos. Aunque sabía que la tentativa podía costarle la vida, estaba dispuesto a ganarse su libertad aun a ese costo, pues la prisión parecía peor que la muerte para su espíritu impaciente. El carcelero concluyó su última ronda; la gran campana dio la hora fijada, y Gastón se acercaba a la ventana, esforzando los ojos para captar el primer rayo de la luz prometida, cuando un suave batir de alas alegró su corazón y apareció Blanchette, que parecía nerviosa, mojada y fatigada, puesto que llovía, el viento soplaba con fuerza y la pobre ave no estaba habituada a esa clase de andanzas. Pero, obediente a su adiestramiento, voló en busca de su amo. Y ningún ángel pudo ser mejor recibido que aquel animalito azotado por la tempestad, que se refugió en el pecho del joven mientras éste desenredaba el resistente hilo atado alrededor de una de sus patas.
Gastón, que sabía lo que debía hacer, ató un trozo del barrote roto a una punta, y lo soltó rogando que ninguna ráfaga cruel lo rompiera ni arrebatara. Poco después, un rápido tirón del hilo le indicaba que volviera a tirar de él. Apareció un cordón, y cuando éste estuvo bien sujeto, un segundo tirón fue la señal para el último acarreo, el más importante.


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