El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.9
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¡Dios te bendiga, mi fiel avecilla!
Y el pobre muchacho apretó la paloma contra su mejilla, para ocultar el temblor de sus labios, tan emocionado estaba por haber hallado en su cautiverio un amigo que lo consolara, aunque fuera mudo.
Pero Blanchette, que tenía un papel que jugar, no tardó en volver volando al antepecho de la ventana, donde se puso a arrullar fuertemente al tiempo que picoteaba algo que tenía bajo el ala.
Entonces recordó Gastón de qué manera solía enviar mensajes a Yvonne por medio de aquella paloma mensajera y estremecido de gozo buscó la misiva, sin atreverse casi a esperar encontrar la. ¡Sí! Allí, cuidadosamente sujeto entre las plumas, había un rollito de papel con estas palabras toscamente trazadas. "Prepárate; tendrás ayuda."
-¡Qué muchacha valerosa! ¡Qué corazón fiel! Debí haber imaginado que cumpliría su promesa y vendría a salvarme -exclamó Gastón, arrodillándose agradecido.
Entretanto, Blanchette recorría la celda con sus patitas rosadas, comía unas migajas de pan duro, introducía el pico en el jarro de agua, se esponjaba las plumas y volaba hasta los barrotes, desde donde lo llamó. El no tenía nada para mandar por medio de la fiel mensajera, sino un rizo de su cabello, que ató con el mismo hilo en lugar de la nota. Luego besó al ave, la instó a partir y observó cómo sus alas plateadas reflejaban la luz del sol en su vuelo. Se llevaba consigo alegría y dejaba una esperanza.
Después, la mensajera lo visitó a mendo, sin que nadie lo advirtiera, llevando y trayendo notas, pues Yvonne enviaba pedacitos de papel y Gastón escribía sus contestaciones con su sangre y una pluma del ala de Blanchette. Así se enteró de que Yvonne habitaba en una choza de la playa, y que trabajaba para rescatarlo hasta donde
se atrevía. Todos los días se la veía recoger algas entre las rocas o haciendo girar su rueca a la puerta de la miserable choza, no como mujer joven, sino como anciana, pues tenía la piel teñida, se ponía ropas harapientas y ocultaba su lozano rostro bajo la cofia típica de las mujeres de Quiberon. Sus vecinos, que la creían una pobre mujer a quien la guerra había dejado desolada, la dejaban vivir sin molestarla. Mientras tanto, ella trabajaba en secreto y sin parar, cumpliendo bien su papel y esperando el momento preciso, hasta que la larga soga de cáñamo quedó hecha.
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