El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.8
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El caso es que, después de haber sido despistada más de una vez por falsos rumores, descubrió al fin que estaba prisionero en el Fuerte Penthiévre. Su propio valor temerario lo había llevado allí, puesto que en una de las muchas escaramuzas en que tomó parte se alejó demasiado de sus hombres y fue capturado después de una lucha desesperada por abrirse paso a mandobles. Ahora, solo en su celda, rabiaba como un águila enjaulada creyendo que no tenía esperanzas de escapar, pues el fuerte se hallaba situado sobre una meseta a la que el mar bañaba por ambos lados. Habiendo oído hablar de la masacre de los inmigrantes realistas que allí llegaban, trató de prepararse para un destino similar, en la esperanza de morir con tanto valor como el joven Sombreuil, que fue fusilado con otros veinte en lo que luego se denominó el "Champ des Martyrs". Sus últimas palabras fueron, cuando el verdugo le ordenó arrodillarse : "Lo haré, pero doblo una rodilla por mi Dios, y la otra por mi rey".
Día tras día Gastón se asomaba a su estrecha ventana, junto a la cual pasaban chillando las gaviotas, y observaba a los pescadores en plena tarea, las mujeres que recogían algas en la costa, y las blancas velas que corrían por la Bahía de Quiberon. Lamentaba amargamente la testarudez que lo había conducido a esa situación, sabedor de que, si hubiera obedecido órdenes, estaría libre para hallar el cadáver de su padre y vengar su muerte.
-¡Oh, si contara con un día de libertad, una esperanza de escapar, un amigo que alegrara esta soledad espantosa! -gritó, cuando pasaron semanas y ya parecía estar olvidado por completo.
Al decir esto, sacudió los gruesos barrotes con gran vigor, y luego inclinó la cabeza como para ocultar, hasta de sí mismo, las ardientes lágrimas arrancadas por su cautiverio y su desesperación.
Así de pie, con los ojos tan velados que no podía ver, sintió que algo le rozaba el cabello, y un ave se posó en el angosto antepecho. Como creyó que se trataba de una gaviota, no le prestó atención, pero un momento más tarde lo sobresaltó un arrullo. Al levantar la vista, vio una paloma que se esforzaba por entrar.
-¡Blanchette! -exclamó, y el bonito animal voló hasta su mano, picoteándole los labios de la manera acariciadora que él tan bien conocía-.
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