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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.7

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Dos años más tarde, en marzo de mil setecientos noventa y tres, estalló una insurrección en Vendée, y Gastón vio cumplido su deseo, pues el viejo conde, que había sido oficial del rey, se apresuró a probar su lealtad. El corazón de Yvonne latió lleno de orgullo cuando vio a su hermano adoptivo que se alejaba galopando junto a su padre seguidos ambos por cien vasallos armados, mientras el estandarte blanco ondeaba al viento sobre sus cabezas.
Aunque anhelaba ir con él, su papel consistió en esperar y vigilar, aguardar y rezar, hasta que llegó el momento en que, como muchas otras mujeres de esa época, pudo probar que era tan valerosa como un hombre y arriesgar su vida por los seres amados.
Cuatro meses más tarde llegó la triste noticia de que el viejo conde había sido muerto, y Gastón hecho prisionero. Grandes fueron las lamentaciones entre los ancianos, mujeres y niños que esperaban el regreso de los guerreros, pero poco tiempo tuvieron para apenarse, pues una banda de merodeadores vendeanos incendió el castillo y arrasó la abadía.
-Ahora, madre, debo ir en busca de Gastón y rescatarlo. Lo prometí y si está con vida, lo haré. Déjame ir, pues ahora estás a salvo, y no tendré descanso hasta enterarme de su suerte -dijo Yvonne, una vez pasado el ataque, cuando los aterrados campesinos se aventuraron a volver del bosque lindero, donde se habían ocultado para protegerse.
-Ve, hija mía, y tráeme noticias de nuestro joven señor... Que puedas traerlo de vuelta sano y salvo, para que nos gobierne -fue la respuesta de doña Gillián, siempre devota, pues según las informaciones su marido había muerto junto a su amor, y sin embargo dejó ir a su hija sin un murmullo, considerando que ningún sacrificio sería excesivo.
Y así partió Yvonne, llevándose consigo a la paloma preferida de Gastón y la pequeña suma ahorrada con tanto cuidado para su dote de casamiento. El bonito ser alado asustado al ver destruido su hogar, había acudido a ella en procura de refugio, y ella la protegió en nombre de su amo. Cuando el ave se negó a alejarse de ella, sino que apareció dando vueltas alrededor de su cabeza a una legua de distancia de Dinan, la joven aceptó el buen augurio y la convirtió en compañera de su peligrosa jornada.
No hay espacio para relatar todos los riesgos, desilusiones y fatigas soportadas por ella hasta que encontró a Gastón.


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