El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.6
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-Niña, ven a darme un trago de agua -ordenó, y ella corrió a llenar su recipiente, que le ofreció con una profunda reverencia.
-Gracias, hija mía. Un día excelente para blanquear, pero demasiado caluroso para tanto viaje... Vuelve a tu labor, hija; yo me demoraré un momento a la sombra antes de volver a la dura tarea de avivar la inteligencia adormilada de un mozalbete -dijo el anciano, una vez que bebió. Y con una mirada ceñuda dirigida al cuarto donde
dejara encerrado a su prisionero, sacó del bolsillo un breviario y se puso a leer, mientras la mula ramoneaba junto al camino.
Yvonne se dedicó a regar el lienzo abandonado, preguntándose con ansiedad mezclada de juvenil diversión, cómo lo pasaría Gastón. El sol brillaba con todo su calor sobre la tela seca, y cuando ella se acercó al escondite de su amigo, un movimiento habría traicionado su presencia, de haberlo notado el capellán.
-Riégame pronto, que me sofoco en este agujero -susurró una voz implorante.
-Beumanoir, bebe tu sangre y calmarás la sed -repitió Yvonne, con traviesa satisfacción ante el ignominioso cautiverio del voluntarioso joven.
Este no respondió más que con un prolongado suspiro, y ella, apiadándose de él, hizo un pequeño hueco en la tela donde sabía que descansaba su cabeza y arrojó agua hasta que un sonido sofocado le aseguró que Gastón ya tenía suficiente. El capellán alzó la vista, pero la joven tosió con fuerza al ir a llenar otra vez su jarro, con expre-sión tan inocente que aquél no sospechó nada, y poco después siguió su camino en busca de su rebelde alumno.
En cuanto desapareció, pareció tener lugar un pequeño terremoto, puesto que el lienzo voló con violencia, y un par de piernas se agitó jubilosamente en el aire al tiempo que Gastón lanzaba una sonora carcajada, pronto repetida por Yvonne. Después, incorporándose, el joven dijo, mientras se alisaba el cabello húmedo y amenazaba con un dedo a su amiga.
-No te atreviste a traicionarme, pero estuviste a punto de ahogarme, muchacha perversa. Ahora no puedo detenerme para tomarme venganza, pero algún día te arrojaré al río y te dejaré salir como puedas.
Y partió con tanta rapidez como viniera, ansioso de llegar a su prisión antes de que el capellán se presentara a escuchar la lección no aprendida. Yvonne lo siguió con la mirada hasta que llegó sano y salvo a la alta ventana y desapareció con un ademánn de despedida; luego ella también volvió a su labor, sin soñar siquiera cuánto valor deberían demostrar los dos en peligros y cautiverios de los cuales aquellas travesuras juveniles no eran más que un presagio.
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