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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.5

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-¡Ah, en esos tiempos sí que valía la pena vivir! ¡Si volvieran, yo sería un segundo Joan!
Diciendo así, Gastón se incorporó de un brinco, encendido con el ardor guerrero de su casta, e Yvonne lo contempló, segura de que demostraría ser un digno descendiente del gran barón y su esposa hija del bravo Du Guesclin.
-Pero no serás muerto a traición corno él. pees yo te salvaré como la campesina salvó al pobre Giles de Bretagne, cuando languidecía de hambre en la torre; o pelearé por ti, tal como Juana de Arco peleó por su señor -respondió Yvonne, dejando su rueca para tenderle la mano, pues ella también estaba de pie.
Gastón se la estrechó y señalando el blanco estandarte que ondeaba sobre las ruinas del viejo castillo, exclamó entusiasta:
-Siempre nos defenderemos mutuamente, y seremos fieles al lema de nuestra casa hasta la muerte.
-¡Sí! -repuso la muchacha. Y, como veremos, ambos mantuvieron fielmente la promesa.
En ese preciso momento, un ruido de cascos sobresaltó a los jóvenes entusiastas, que miraron hacia el camino que serpenteaba por el valle hasta la colina. No vieron más que un anciano montado en una lenta mula, pero la transformación que se obró en los dos fue tan cómica como brusca, pues el valeroso caballero convirtióse en un te­meroso escolar turbado al ver a su tutor. Al mismo tiempo la rival de la Doncella de Orleáns palideció de espanto.
-Si me descubre, estoy perdido, pues mi padre juró que no volvería a cazar hasta que cumpliera con mis tareas... Si corro, me verá, y ¿ dónde podré ocultarme hasta que haya pasado? -susurró Gastón, que aunque avergonzado por su pánico, no estaba dispuesto a pagar el castigo por su travesura.
Pero Yvonne, siempre despierta, lo salvó, pues levantando una punta del largo lienzo, descubrió un hueco de donde había sido retirada alguna piedra grande. En aquel verde escondrijo se deslizó Gastón, para ser cubierto en seguida con la tela.
El capellán se aproximó, echando agudas miradas a su alrededor, pues era de carácter austero y suspicaz. Sin embargo, no vio más que a la muchacha campesina, con su pintoresco gorro y sus zuecos de madera, que cantaba para sí apoyada en un árbol, con un jarro de arcilla en la mano. La mula se detuvo a la sombra de las colinas para arrancar un bocado de pasto antes de ascender la cuesta, y el capellán se mostró satisfecho al descansar un momento, pues el día era caluroso y el sendero polvoriento.


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