El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.4
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El capellán le enseñaba a leer y escribir, con lecciones de historia sagrada y un poco de latín; del guardabosque aprendía manualidades, y su padre le enseñaba equitación y el empleo de armas, conocimientos considerados de importancia primordial en aquella época.
A Gastón no le agradaban para nada los libros, salvo aquellos que contenían relatos de caballería. En cambio, le encantaban los deportes atléticos y a los dieciséis años montaba el más fogoso caballo sin caerse nunca; manejaba una espada de manera admirable, podía matar un jabalí del primer disparo, y anhelaba ardientemente la guerra, donde podría probar su hombría. Valiente, orgulloso y generoso, en su corazón guardaba mucha ternura hacia la buena mujer que había sido una madre para él, y hacia su hermanita adoptiva, de quien era el ídolo. Parecía olvidar durante días a esas humildes amigas, mientras se dedicaba a la vida alegre y activa propia de su edad y alcurnia, pero si resultaba herido en la caza, si lo molestaba el capellán, si alguno de sus planes resultaba desbaratado o se veía en desgracia por alguna diablura, buscaba instintivamente a doña Gillián y a Yvonne, seguro de hallar en ellas, ayuda y consuelo para la mente y el cuerpo.
Su amistad había refinado a la muchacha, dándole atisbos de un mundo en el cual jamás entraría, aunque podía seguir con ojos ansiosos y grandes esperanzas las hazañas de su querido Gastón, que era al mismo tiempo su príncipe y su hermano. Tenía sobre él una influencia considerable, pues era de naturaleza serena y paciente, al tiempo que más valerosa y prudente de lo que hacían suponer sus pocos años. La voluntad del joven era ley, y sin embargo, al mismo tiempo que aparentaba obedecer, ella solía guiarlo, y él le agradecía por el coraje con que lo ayudaba a dominar su fogoso carácter y su fuerte voluntad. Ahora, al mirarlo, ella advirtió que ya estaba más tranquilizado, bajo la influencia calmante del río que murmuraba al pasar; la suave luz del sol y una bendita sensación de libertad.
Entonces, mientras daba vueltas a la rueca, ella contó emocionantes historias de guerreros, santos y hadas, a las cuales todos los campesinos bretones honran y temen. Pero la mejor de todas era la historia de un antepasado del propio Gastón, Pean de Beaumanoir, "el héroe de Ploermel donde malherido y sediento, gritó pidiendo agua, y Geoffrey du Bois le respondió como severo guerrero que era : «Beaumanoir, bebe tu sangre y calmarás la sed», y él bebió, y la locura de la batalla hizo presa de él al punto que mató a diez hombres, ganando así el combate pese a la gran desventaja, para su gloria eterna".
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