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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.2

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.. ¡Ella sabe cuentos mejores que los de este libro tan cansador que es el azote de mi vida!
Al decir esto, el muchacho dio un golpe al volumen que reposaba sobre el amplio antepecho de la ventana, y lo hizo con tal energía, que lo envió volando al patio de abajo. Un poco avergonzado y un poco divertido, el joven Gastón se asomó a ver si ese proyectil arrojado al azar había golpeado a alguien. Pero como todo estaba silen­cioso y desierto, lanzó una carcajada juvenil ante los peligros del descenso, y dijo a las palomas que se arrullaban en el tejado.
-He aquí un pretexto perfecto para la fuga... Si estoy encerrado, ¿cómo podré estudiar mi lección, a menos que vaya en procura del libro? No revelen mis ocios y serán bien alimentadas, mis lindas palomas.
Y, pasando por la ventana como si la proeza no fuera ninguna novedad para él, bajó con audacia por medio de la hiedra que ocultaba a medias las flores y figuras talladas, que proporcionaban una escala para sus ágiles pies.
En cuanto pisó tierra, echó a correr como un galgo en dirección al prado, donde le dio la bienvenida una muchacha sonrosada, de ojos negros, cuyos blancos dientes relucían con su risa al verlo saltar el foso, ocultarse tras el muro y llegar a su lado saltando, con el cabello al viento y la cara llena de satisfacción por aquella escapada.
-Lo de siempre jadeó al echarse en la hierba, arrojando a su lado el libro recobrado­. Este monótono latín me vuelve loco, y no quiero desperdiciar días como el de hoy leyendo estas páginas aburridas, cuando debería estar cazando como un caballero y un gentilhombre.
-Es que deberías hacerlo, mi querido Gastón, pues la obediencia es el primer deber del caballero y el honor del gentilhombre -respondió la muchacha en suave tono de reproche, que pareció influir en el joven como la voz del amo domina a un caballo encabritado.
-Si el padre Nevin hubiera confiado en mi honor, -no habría escapado, pero me encerró como a un monje en una celda, y eso no lo soportaré. Una sola hora, Yvonne ... una horita de libertad ... y después volveré, o de lo contrario mañana no habrá diversión -dijo el mozalbete, mientras arrancaba atolondradamente los azulejos que estrellaban el césped a su alrededor.


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