Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.301
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y tratar de ver «los Espíritus Brillantes» que vendrían
a recibirle cuando llegase el momento de cruzar
el río.
Desde que Beth le dijo que se sentía más fuerte
cuando ella estaba a su lado, Jo no había vuelto a
dejar a Beth por más de una hora. Dormía en un diván
en el cuarto de la enferma, despertándose a menudo
para reavivar el fuego o para dar alimento, cambiar
de postura o servir de algún modo a la paciente
criatura que rara vez pedía nada. Todo el día rondaba
Jo aquel cuarto, celosa de cualquier otro enfermero
y más orgullosa de ser la elegida para aquella
misión que lo estuvo nunca de otros honores que le
confirió la vida. Fueron éstos para Jo momentos preciosos
y fructíferos, pues su corazón recibió ahora
la enseñanza que necesitaba: lecciones de paciencia,
de esa caridad que a todos compromete, de lealtad
para con el deber que hace fácil lo más arduo, de fe
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sincera que nada teme, sino que confía sin abrigar
una sola duda.
Cuando despertaba en la noche, Jo a menudo encontraba
a Beth leyendo su librito 12 y la oía cantar
bajito para entretener la noche de insomnio. Y Jo la
observaba con pensamientos demasiado profundos
para el llanto, segura de que Beth, a su manera, sencilla
y abnegada, trataba de acostumbrarse a la idea
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