Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.201
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Esta opinión se afianzó día por día. Jo valoraba la
estima del gran hombre y ansiaba su respeto; quería
ser digna de su amistad. Justamente cuando su deseo
era más sincero, estuvo a punto de perderlo. Una
noche el profesor vino a dar a Jo su clase con un gorro
militar de papel que Tina le había puesto y que
él había olvidado de quitarse.
«Es evidente que no se mira al espejo antes de
venir», pensó Jo con una sonrisa al decir él «¡Buenas
noches!» y sentarse muy serio, absolutamente inconsciente
del contraste ridículo entre su tema y el adorno
de su cabeza, pues esta noche iba a leerle la Muerte
de Wallenstein.
Jo no dijo nada al principio y pronto se olvidó
ella también, pues oír a un alemán leyendo a Schiller
es una cosa seria. Después de la lectura vinieron los
ejercicios, que estuvieron animados porque Jo se
hallaba alegre aquella noche y el sombrero de papel
continuaba haciéndole bailar los ojos de alegría. El
profesor no podía entender qué le pasaba y por fin
se detuvo:
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-Mees March, ¿por qué se ríe usted en la propia
cara de su maestro?
-¿Cómo puedo ser respetuosa, señor, si usted
se olvida de quitarse el sombrero?
Levantando la mano hasta la cabeza, el distraído
profesor palpó y luego echó atrás la cabeza y se rió
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