Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.101
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lejano de la nobleza inglesa hizo que Amy se olvidase
del tiempo, y cuando hubo pasado el reglamenta
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rio número de minutos se arrancó de mala gana de
tan aristocrática sociedad y se puso a buscar a Jo,
deseando con fervor que su hermana no fuera a encontrarse
en una situación que pudiese significar un
bochorno para el nombre de March.
Podía haber sido peor, pero Amy la consideró bastante
mala, pues Jo, sentada en el césped con un campamento
de muchachos a su alrededor y un perro de
patas embarrados sentado en sus faldas (y tenía
puesto su mejor vestido de fiesta) contaba una de
las travesuras de Lauree a su admirativo auditorio.
Uno de los pequeños empujaba las tortugas con la
sombrilla preciosa de Amy, otro comía torta y caían
las migas sobre el mejor sombrero de Jo, y un tercero
jugaba al fútbol con una pelota hecha con sus guantes.
Pero todos se divertían mucho, y cuando Jo se
levantó a recoger sus estropeadas pertenencias para
marcharse, su caballero la acompañó rogándole que
viniese otro día porque era muy divertido enterarse
de las parrandas de Laurie.
-¡Magníficos muchachos!, ¿no es verdad? Me hacen
sentir joven y ágil otra vez .decía Jo caminando
con las manos atrás, en parte por hábito, pero también
para esconder a los ojos de Amy la sombrilla
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