Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.51
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de la familia, que durante aquellos períodos
se mantenía a prudente distancia, limitándose a meter
de cuando en cuando la cabeza en el altillo para
preguntar con interés: «¿Qué tal, Jo, arde o no el ge
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nio?» No siempre se aventuraban siquiera a hacer esa
pregunta, sino que observaban la gorra y sacaban de
ahí sus conclusiones. Si aquella expresiva prenda estaba
bien metida sobre la frente era señal de que el
trabajo marchaba; en los momentos de gran excitación
adquiría un ángulo audaz, y cuando la desesperación
hacía presa de la autora era arrancada completamente
y arrojada al suelo. En tales ocasiones el
intruso optaba por retirarse en silencio y hasta que
el moño no se veía de nuevo alzado alegremente sobre
la talentosa frente, nadie se atrevía a dirigirse a Jo.
No vaya a pensarse que la muchacha se creía un
genio. De ninguna manera, pero cuando le daba el acceso
de escribir debía abandonarse a él por completo,
y vivía feliz ese momento, olvidada de toda necesidad
y de toda preocupación, en el bueno o en el
mal tiempo, viviendo en un mundo imaginario lleno
de amigos casi tan reales y queridos para ella como
los de carne y hueso. El sueño huía de sus ojos, las
comidas permanecían intactas, el día y la noche eran
demasiado breves para disfrutar la felicidad que la
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