Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.46
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primero, y hablando estaban de cosas especialmente
elevadas cuando la anciana se levantó para bajarse.
En camino a la puerta tropezó, volcó la canasta
y ¡horror! ¡la langosta, en toda su vulgaridad de tamaño
y subido color, apareció ante los ojos de elevada
alcurnia de Tudor!
-¡Válgame Dios! La buena mujer olvida la comida
-exclamó el joven, completamente ignorante de la
situación, volviendo a su lugar a aquel monstruo escarlata
con el bastón y preparándose a alcanzar la
canasta a la viejecita.
-No, por favor... ¡es mía! .murmuró Amy con el
rostro casi tan rojo como su crustáceo.
-¿De veras? ¡Perdón! Es una langosta extraordinaria,
¿verdad? .dijo Tudor con gran presencia de
ánimo y una apariencia de serio interés que hicieron
honor a su educación.
Amy se recobró al instante, colocó la canasta atrevidamente
sobre el asiento y dijo riendo:
-Apuesto a que le gustaría a usted comer un poco
de la ensalada que voy a hacer con ella y ver a las
chicas encantadoras que la van a saborear.
Eso se llama tacto, pues la frase atacaba los dos
puntos vulnerables de la mentalidad masculina: la
langosta se vio rodeada inmediatamente para Tudor
de una aureola de recuerdos gastronómicos agradables
y la curiosidad respecto a las «encantadoras mu
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chachas» lo distrajo del desgraciado y cómico accidente.
-Me imagino que se va a reír en grande y hacer
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