Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.45
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-contestó Amy, cuyo buen humor comenzaba a fallarle.
Con un pañuelo en la cabeza y armada de una elegante
canasta de viaje salió ella por fin segura de
que el aire fresco le suavizaría el espíritu alterado y
la prepararía para las faenas del día. Con bastante
trabajo consiguió el objeto de sus deseos, como asimismo
un frasco de mayonesa para evitar nueva pérdida
de tiempo en casa, volviendo muy satisfecha de
su previsión.
Como en el ómnibus había sólo una pasajera, más
una anciana soñolienta, Amy se instaló en el vehículo
dispuesta a engañar el tedio del camino con el
cálculo de donde se había ido todo el dinero gastado
en «la fiesta». Tan preocupada estaba con su papel
lleno de cifras refractarias que no se percató de
la llegada de un nuevo pasajero que había subido
sin hacer parar el vehículo, hasta que una voz masculina
pronunció: «Buenos días, señorita de March». Al
levantar la vista se encontró Amy con uno de los más
elegantes amigos de Laurie. Deseando fervorosamen
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te que se bajara él antes que ella, Amy se desentendió
completamente de la canasta que había dejado
en el suelo, y felicitándose de haberse puesto su
traje nuevo de viaje devolvió el saludo del joven con
su afabilidad y animación habituales.
Se entendieron admirablemente, pues la primera
preocupación de Amy fue averiguar que él descendía
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