Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.42
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camioneta. Y otros gastos, insignificantes cuando
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todo comenzó, subían ahora en forma alarmante. Beth
tomó frío y tuvo que meterse en cama. Meg recibió
una cantidad desusada de visitas que la retuvieron
en su casa. En cuanto a Jo, se encontraba en estado
de ánimo tan inestable que no acababa de romper
cosas y pasarle accidentes que ya iban siendo demasiado
numerosos, serios y enojosos.
«De no haber sido por mamá, nunca hubiera podido
terminar las cosas», declaraba Amy mucho tiempo
después, con gratitud, cuando ya todo el mundo habla
olvidado «el mejor chiste de la temporada».
Si el lunes no amanecía con tiempo bueno las señoritas
irían el martes, arreglo que aumentó al colmo
la irritación de Jo y de Ana. El lunes por la mañana
el tiempo estaba en ese estado indeciso que exaspera
mucho más que una lluvia torrencial. Por momentos
garuaba, salía el sol, soplaba viento y no se
decidió hasta que fue demasiado tarde para que nadie
más lo hiciese.
Amy se levantó al alba, apurando a todo el mundo
a que saliesen de la cama y se desayunaran para poder
arreglar la casa. La sala le hizo la impresión de
estar especialmente raída ese día, pero sin detenerse
a suspirar por cosas que no tenía cubrió todo con
habilidad, colocando las sillas en las partes más gastadas
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