Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.41
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tenía de su parte el sentido común, mientras que Jo
llevaba a extremo tal su amor por la libertad y su
odio a los convencionalismos que generalmente se
veía derrotada en las discusiones. La definición de
Amy de la idea que tenía Jo de la independencia fue
tan buena que las dos soltaron la risa y la discusión
tomó un cariz muy amable. Aunque contra su voluntad,
Jo consintió por fin en sacrificar un día a la «sociedad
» y ayudar a su hermana en lo que ella consideraba
como una soberana necedad.
Fueron enviadas las invitaciones, y casi todas aceptadas,
señalándose el lunes siguiente para el gran
acontecimiento. Ana estaba de mal humor porque su
trabajo de la semana iba a ser alterado y profetizó
que «si el lavado y el planchado no se hacían como
siempre, nada de lo demás iba a andar bien». Este tropiezo
en el resorte principal de la economía doméstica
tuvo mal efecto sobre todo el proyecto, pero el
lema de Amy era nil desperandum, y como se había decidido
respecto de lo que iba a hacer, avanzó con el
plan a pesar de todos los obstáculos. Para empezar,
la comida no le salió bien a Ana: el pollo resultó duro,
la lengua demasiado salada y el chocolate no quiso
hacer la espuma debida. Después, la torta y los helados
costaron más de lo calculado, lo mismo que la
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