Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.37
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sus gustos y modos de sentir aristocráticos con
miras a que, llegada la oportunidad, la encontrase
preparada para ocupar el lugar del que ahora la excluía
la pobreza.
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«Su Señoría», como la llamaban sus amigas, deseaba
sinceramente ser una dama verdadera, y en esencia
lo era.
-Quiero pedirte un favor, mamá .anunció un día
Amy, entrando en su casa con aire importante.
-Bueno, chiquita, ¿de qué se trata? .respondió
la madre, a cuyos ojos la altiva señorita seguía siendo
«la nena».
-Nuestra clase de dibujo termina la semana próxima,
y antes de separarme de las chicas por el verano
quiero invitarlas a que vengan a pasar un día aquí conmigo.
Están locas por ver el río, sacar apuntes del
puente roto y copiar algunas de las cosas que tanto
admiran en mi carpeta. ¡Han sido tan amables conmigo!
Y les estoy especialmente agradecida, pues todas
son ricas y saben que yo soy pobre sin hacérmelo
notar nunca.
-¿Y por qué habían de hacértelo notar? .La señora
de March hizo la pregunta con un aire que las
chicas llamaban «digno de María Teresa».
-Mamita, sabes tan bien como yo que esa diferencia
tiene mucha importancia para casi todo el mundo,
así que no te encrespes como una gallina cuando
algún ave pica a sus pollitos.
Rió de buena gana la señora de March y suavizando
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