Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.29
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Laurie! prométemelo y me darás una razón más para
llamar a éste el día más feliz de mi vida.
Una exigencia tan repentina y tan seria hizo vacilar
un momento al joven, pues el ridículo es a veces
más difícil de sobrellevar que el sacrificio. Meg sabía
que si Laurie le hacía esa promesa en aquel momento
la cumpliría luego por mucho que le costase,
y consciente de su fuerza, la utilizó, como hace toda
mujer con todo derecho, siempre que sea por el bien
de un amigo. No habló, pero miraba el rostro del muchacho
con expresión a la que la felicidad prestaba
elocuencia y con una sonrisa que decía: «Nadie puede
negarme nada hoy». Por cierto que Laurie no podía,
y respondiendo a la sonrisa de Meg con otra sonrisa,
le dijo con calor: «Lo prometo, señora de Brooke
».
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-Te lo agradezco muchísimo.
-Y yo digo: ¡que sea por muchos años esa resolución!
-exclamó Jo, bautizándolo con una salpicadura
de limonada al agitar su vaso y mirarlo radiante de
aprobación.
Así se hizo aquel brindis memorable, y así fue
empeñada la palabra y fielmente cumplida, pese a haber
sido muchas las tentaciones. Con sabiduría instintiva,
las muchachas habían aprovechado un momento
feliz para hacer al amigo un favor que él supo agradecerles
toda la vida.
Después del almuerzo la gente se puso a pasear
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