Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.27
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Mucho me temo que no haya sido del todo elegante,
pero en el mismo instante que se consideró
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casada Meg exclamó: «¡El primer beso para mamá!»,
volviéndose para dárselo con el corazón en los labios.
Luego Meg se asemejó más que nunca a una
rosa, pues todo el mundo se aprovechó al máximo
de la franquicia de «besar a la novia», desde el señor
Laurence hasta Ana, quien adornada de una cofia impresionante
se abalanzó sobre Meg en el hall con un
sollozo mezclado con risa casi ahogada: «Dios, te
bendiga, queridita, cien veces. ¡La torta no se dañó
nadita y todo está precioso».
Después de eso todo el mundo se sintió más despejado
y dijo alguna agudeza, o por lo menos lo intentó,
que fue casi lo mismo, pues la risa es fácil
cuando las almas están contentas. No hubo exposición
de regalos, ya que todos estaban colocados en
la casita, ni hubo tampoco un complicado «buffet»,
sino un abundante almuerzo con pasteles y fruta. El
señor Laurence y la tía March se miraron y sonrieron
encogiéndose de hombros cuando vieron que los únicos
néctares que las tres Hebes alcanzaban a la concurrencia
eran agua, limonada y café. Nadie dijo nada
sin embargo hasta que Laurie, que insistía en servir
a la novia, apareció ante ella con una bandeja colmada
ejn la mano y una expresión de perplejidad en la
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