Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.26
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aviso que bastó para que él todo el día rondara
a la anciana con una devoción que casi la enloquece.
No hubo cortejo nupcial, pero se hizo en la sala
un repentino silencio en el momento en que el señor
March y la joven pareja se colocaron bajo el arco
de siempreverdes. La madre y las hermanas se apiñaron
bien cerca, como si estuviesen poco dispuestas
a renunciar a Meg; la voz paternal se quebró más de
una vez, lo cual contribuyó a hacer la ceremonia más
hermosa y solemne; la mano del novio tembló visiblemente
y nadie pudo oír sus respuestas; en cambio,
Meg miró al novio directamente a los ojos y dijo:
«¡Sí!» con una confianza tan llena de ternura en el rostro
y en la voz que su madre se regocijó interiormente
y la tía March lloriqueó de tal modo que todo el
mundo la oyó.
En cuanto a Jo, no gimoteó como Laurie le pronosticara,
aunque estuvo a punto de hacerlo en cierta
ocasión, y sólo se contuvo de dar un espectáculo
por la certeza de que Laurie la miraba fijamente con
una mezcla cómica de alegría y emoción en sus ojos
traviesos. Beth escondió la cara en el hombro de su
madre, pero Amy parecía una graciosa estatua con
un rayo de sol muy sentador posado en su blanca
frente y en la rosa de su cabello.
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