Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.24
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su rostro, pero ella nunca lo veía así, aunque se consolaba
con su cutis exquisitamente blanco, sus penetrantes
ojos azules y sus rizos, más dorados y abundantes
que nunca.
Las tres llevaban trajes de tela delgada color gris
plata (sus mejores vestidos para ese verano) con rosas
rosadas en el pelo y en el pecho; y las tres parecían
lo que realmente eran: muchachas de cara fresca
y corazón feliz, deteniéndose un momento de sus
vidas atareadas para leer con ojos pensativos el capítulo
más dulce del romance de la vida de una mujer.
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No habría ritos ceremoniosos; todo sería tan natural
y hogareño como fuese posible. Así, pues, cuando
llegó tía March se escandalizó mucho al ver a la novia
correr a recibirla, encontrar al novio asegurando
una guirnalda que se había caído y atisbar al paternal
sacerdote subiendo escaleras arriba con cara muy
grave y una botella de vino bajo cada brazo.
-¡Válgame Dios! ¿Qué significa este estado de
cosas? .exclamó la anciana señora ubicándose en el
asiento de honor preparado para ella y arreglando
los pliegues de su traje de moaré lila con gran crujido
de sedas.. ¡No te debías haber dejado ver hasta
el último momento, criatura!
-No soy ningún espectáculo, tiíta, y nadie viene
a mirarme ni a criticar mi vestido ni a calcular lo que
costó el «buffet».
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