Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.23
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ha aprendido a conducirse con desenvoltura, si no
con gracia. El pelo enrizado ha crecido y es hoy una
espesa melena, más sentadora para esa cabecita que
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corona la alta figura. Hay frescos colores en sus mejillas
morenas, un suave brillo en sus ojos, su aguda
lengua no pronuncia hoy más que palabras benévolas.
Beth ha crecido y está alta y pálida y más tranquila
que nunca; los bellos ojos bondadosos parecen
más grandes y hay en ellos una expresión que entristece,
aunque no es en sí misma triste. Es la sombra
del dolor que toca aquel rostro joven con paciencia
tan patética, aunque Beth rara vez se queje y siempre
hable esperanzada de que «pronto estará mejor».
Amy es considerada con justicia «la flor de la familia
», pues a los dieciséis años tiene todo el aire y
el porte de una mujer hecha: no bella, pero poseída
de ese encanto indescriptible que se llama gracia. La
acusaban las líneas de su figura, los movimientos de
sus manos, el ondear de su vestido, la caída de su
pelo, detalles no deslumbrantes pero sí armoniosos
y tan atrayentes para muchos como la belleza misma.
La nariz de Amy la seguía afligiendo, pues se rehusaba
por completo a volverse griega; lo mismo ocurría
con la boca, que era grande y de mentón pronunciado.
Estas facciones defectuosas daban carácter a todo
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