Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.22
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adornos que llevó fueron los muguetes o lirios
del valle, que a «su John» gustaban más que ninguna
otra flor.
-De veras que estás exactamente como nuestra
querida Meg de siempre, sólo que tan dulce y bonita
que te abrazaría si no fuese por no arrugarte el vestido
-exclamó Amy contemplándola encantada cuando
la «toilette» estuvo terminada.
-Entonces estoy satisfecha. Pero. por favor, deseo
que me abracen y besen todo lo que quieran sin
preocuparse de mi vestido.
Y Meg abrió los brazos a sus hermanas, que la
estrujaron con caras felices, seguras de que el nuevo
amor no había cambiado el antiguo.
-Ahora me voy a hacerle a Juan la corbata y luego
me quedaré unos minutos tranquila con papá en
el escritorio.
Y Meg bajó corriendo a celebrar esas pequeñas
ceremonias y luego a seguir a su madre por donde
ella anduviese, consciente de que pese a las sonrisas
del rostro querido había una pena secreta en el
maternal corazón por el vuelo de la primera ave que
dejaba el nido.
Mientras las tres chicas menores están juntas dando
los últimos toques a sus simples tocados, es una
buena oportunidad para comprobar unos pocos cambios
que se han operado en sus aspectos, pues las
tres están hoy mejor que nunca.
Se han suavizado mucho los ángulos en Jo, quien
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