Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.15
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y comenzaron a hablar.
-¿Dónde está Juan? .preguntó inquieta Meg.
-Se detuvo a buscar la licencia para mañana, señora
mía.
-¿Quién ganó el último partido? .preguntó Jo,
que persistía en interesarse por los deportes varoniles,
pese a sus diecinueve años.
-Nosotros, naturalmente. ¡Ojalá hubieras estado
allí para verlo!
-¿Cómo está la bella señorita de Randal? .preguntó
Amy.
-Más cruel que nunca. ¿No ven cómo me estoy
quedando en los huesos? .respondió Laurie con una
sonora palmada en el ancho pecho y un melodramático
suspiro.
-¿Cuál es la última broma? Abre el paquete y veámoslo,
Meg .dijo Beth espiando curiosamente el
abultado envoltorio.
-Es algo muy útil para tener en la casa en caso
de incendio o de robo .apuntó Laurie al aparecer a
la vista una matraca de sereno, que recibieron con
grandes risas las cuatro chicas.
-Cualquier día que Juan no esté en casa y doña
Meg se asuste no tiene más que agitar esto sacándolo
por la ventana y en un periquete se despertará todo
el vecindario. Lindo ¿no? .añadió el pícaro muchacho
dando una muestra del poderoso despertador.
Todos se taparon los oídos.
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-¡Vaya manera de agradecerle a uno! Y hablando
de agradecimiento: bien le puedes agradecer a Ana
haber salvado tu torta de bodas de la destrucción,
pues la traían cuando ya entraba, y si ella no la hubiese
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