Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.10
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y de tierna providencia.
¡Cómo se divirtieron haciendo proyectos! ¡Y qué
solemnes excursiones de compras! ¡qué errores tan
divertidos cometieron y qué carcajadas ruidosas
festejaban los ridículos «descubrimientos» de Laurie!
En su afición a las bromas, ese caballerito, aunque
ya a punto de salir de la universidad, era tan niño
como antes. Su última «chifladura» había sido traer
todas las semanas algún artículo nuevo, ingenioso y
útil para la joven ama de casa. Un día era una bolsa
de notables broches para la ropa, el siguiente un maravilloso
rallador de nuez moscada que se desintegraba
a la primera prueba, un limpiacuchillos que
dañó todos los de la casa o una barredora que arrancaba
los pelos de las alfombras y dejaba la suciedad;
un jabón que ahorraba trabajo pero destrozaba la piel
de las manos, pegatodos infalibles que no se adherían
a otra cosa que los dedos de los ilusos compradores
y toda suerte imaginable de artículos de lata,
desde un alcancía para monedas sueltas hasta una
caldera mágica que lavaba las cosas en su propio vapor,
con todas las perspectivas de estallar en la operación.
Era inútil que Meg le rogara: «¡Basta!», que John
se riera de él y que Jo lo llamase «Don Descubrimiento
». Le había atacado la manía de favorecer la inventiva
yanqui. De modo que cada semana era testigo de
un nuevo absurdo.
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