Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.8
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que «andaban juntos como un casal de palomos». Era
una casita minúscula, con un jardincillo al fondo y
un pradito de césped al frente poco más grande que
un pañuelo. Ahí quería Meg tener con el tiempo una
fuente, macetos de arbustos y gran profusión de hermosas
flores, aunque por ahora la fuente estuviese
representada por un jarrón cachado que se parecía
muchísimo a una palangana desgastada, los arbustos
por unos alerces enclenques y la profusión de flores
reducida a un regimiento de palitos para mostrar
el sitio donde se habían plantado las semillas. Adentro,
sin embargo, todo era un encanto y la novia feliz
no encontraba falta alguna del altillo a la bodega. Es
cierto que el hall era tan angosto que no dejaba de
ser una suerte que no tuviesen piano, ya que nunca
hubiese entrado allí uno entero; el comedor, tan chico
que apenas cabían seis personas, y las escaleras
de la cocina parecían hechas a propósito para precipitar
a los sirvientes y la vajilla en montón hasta la
carbonera. Una vez salvados estos inconvenientes,
nada podía ser más completo que aquella casita, pues
el buen sentido y el gusto habían regido en la elección
de los muebles y enseres y el resultado era altamente
satisfactorio. En la salita no había ni mesas
de tapa de mármol, ni largos espejos, ni cortinas de
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