Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.6
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recuerdo del bondadoso anciano que tanto tenía que
ver en sus éxitos, y de aquella maternal amiga que
velaba por él como si se tratara de su propio hijo. Y
en último término .aunque en manera alguna el
menos importante. el saber que cuatro muchachas
inocentes lo querían, admiraban y creían en él con
todo su corazón.
Siendo un ser humano .aunque de la raza de los
«gloriosos». era muy natural que se divirtiera, flirteara,
se vistiera de «petimetre» y le diera por seguir la
moda universitaria al pie de la letra, ya fuese acuática,
sentimental o deportiva, según la época, aprendiendo
y practicando al dedillo la jerga estudiantil y
poniéndose más de una vez en serio peligro de sufrir
suspensiones y aun la expulsión. Pero como las
causas de estas travesuras no eran sino el buen humor
y el afán de broma, siempre se salvaba y salía
del paso mediante la confesión franca, la reparación
honorable, o aquel irresistible poder de persuasión
que poseía a la perfección. A decir verdad, casi se
enorgullecía de sus «escapadas» y le gustaba deslumbrar
a las chicas con gráficos relatos de sus triunfos
con preceptores enfurecidos, dignísimos profesores
y enemigos vencidos. Los «hombres de mi clase» eran
héroes a los ojos de las chicas, que nunca se cansaban
de las proezas de «nuestros tipos», permitiéndole
a menudo regodearse con las sonrisas de esos superhombres
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