Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.5
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sistema. Entretanto, Jo se dedicaba a la literatura y a
Beth, que había seguido delicada mucho tiempo después
que su fiebre pasara a la historia. Sin estar propiamente
enferma, no fue ya nunca la chiquilla rosada
y sana que había sido antes; no le faltaba nunca
ánimo, sin embargo, y se ocupaba de las pequeñas
tareas domésticas, que adoraba; era amiga de todo
el mundo, el ángel de la casa, aun mucho antes de
darse cuenta de ello aquellos que más la querían.
Mientras «El águila desplegada» le pagó un dólar
por columna sus «tonterías», como ella las llamaba,
Jo se sintió rica y siguió tejiendo con gran diligencia
sus romances. Pero en la cabeza le bullían grandes
proyectos y en la vieja cocinita de lata de la bohardilla
seguían amontonándose despacito los manuscritos
garabateados que habían de colocar un día
el nombre de March en el cartel de la fama.
¿Y qué había sido de Laurie? Una vez que satisfizo
los deseos de su abuelo ingresando en la universidad,
ahora lo pasaba allí lo mejor posible para cumplir
consigo mismo. Mimado por todo el mundo a
causa de su dinero, sus excelentes modales y su mucho
talento y el más bondadoso de los corazones,
corrió gran peligro de echarse a perder, lo que hubiese
ocurrido con toda seguridad a no ser por el
talismán que poseía el chico contra todo mal: el
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