Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.4
Indice General
|
Volver
Página 4 de 414
Como tenía
sus ambiciones juveniles y las esperanzas típicas de
toda muchacha, sintió algún desencanto al ver el humilde
tren en que debían comenzar su nueva vida.
Eduardo Moffat se acababa de casar con Sarita Gardiner,
y la pobre Meg no podía dejar de comparar la
hermosa casa y el carruaje de ellos, los muchos regalos
que recibieron y sus espléndidos ajuares con
los modestísimos suyos. Secretamente, deseaba haber
podido tener lo mismo, pero sin saber cómo, el
asomo de envidia y de descontento pronto se desvanecieron
al pensar cuánto amor y trabajo paciente
había puesto su Juan para ofrecerle la pequeña casita
que le esperaba. Cuando el crepúsculo los encontraba
juntos, hablando de sus proyectos, por modestos
que fuesen, el porvenir se le aparecía siempre tan
lindo y lleno de luz que Meg se olvidaba de Sally y
sus esplendores y se sentía la muchacha más rica y
feliz de toda la cristiandad.
En lo que a Jo se refiere, no tuvo que volver a casa
de la tía March, pues la anciana le tomó tal afición a
Amy que la sobornó con el ofrecimiento de lecciones
de dibujo por uno de los mejores profesores del
momento. Por esa ventaja en perspectiva, Amy hubiera
servido a patronas aún más severas que tía March.
Así, pues, Amy dedicaba las mañanas al trabajo, las
tardes a las diversiones, y le iba muy bien con ese
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-414
|