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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.17

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Déjame ir en busca de mis viejas ropas; éstas son demasiado finas para ponérmelas en la cabaña -pidió Betty, ansiosa por quedarse, pero tan fiel a sus deberes, que ni siquiera una orden del Rey podría retenerla.
-Dile que se quede, papá -exclamó la Princesa, acudiendo al sillón dorado ocupado por su padre.
-Quédate, niña -dijo el Rey, con un movimiento de su mano, donde una enorme joya brillaba como una estrella.
Pero Betty, sacudiendo la cabeza, repuso con dulzura:
-Por favor no me obliguéis, querido señor Rey. Daisy me necesita, y mi padre me echará mucho de menos si no corro a su encuentro cuando vuelva a casa.
Entonces el Rey sonrió y exclamó con entusiasmo
-¡Bien, hija mía! No te retendremos. El leñador John me salvó la vida; no le quitaré
yo la alegría de la suya. ¡Corre a casa, pequeño Duende, y que Dios te bendiga !
Betty corrió escaleras arriba, se puso su vestido y sombrero viejos, tomó uno de los mejores libros y la muñeca, dejando los demás para que se los llevaran al día siguiente, y luego intentó escabullirse por alguna puerta del fondo, pero eran tantos los salones y escaleras, que se perdió y volvió a la gran sala. Allí todos estaban comiendo, y la carne, el vino, los pasteles y la fruta olían muy´ bien. Pero aunque Betty no tendría para la cena otra cosa que pan negro y leche, zoo se quedó, y nadie más que uno de los pajes la vio salir corriendo al patio, tal como la Cenicienta al dar las doce.
Sin embargo, tuvo un hermoso viaje por el bosque verde y fresco, y una hora de felicidad

al contarle a su padre todo lo sucedido aquel día maravilloso. Pero nunca se sintió más feliz que cuando se acostó en su cuartito, con la muñeca dormida en los brazos y oyendo la con­versación de los reyezuelos, que entre las rosas se decían cuánto bien haría su Duende a la Princesa en los días venideros.
Al fin Betty quedó dormida, y tuvo hermosos sueños donde la Luna le sonreía con una cara bondadosa como la de la Reina; donde su padre aparecía tan orgulloso y bien plantado como el Rey, con una hacha al hombro y el jabalí muerto a sus pies, y Bonnibelle, sonrosada, alegre y vigorosa, jugaba y trabajaba con ella en la cabaña, como una hermanita, mientras todas las aves repetían sus nombres en una dulce canción.


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