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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.16

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Pero la Reina asintió con la cabeza y Bonnibelle exclamó
-¡Olí, sí!
El Rey, riendo, preguntó sorprendido:

-Pero, ¿por qué no vienes tú a jugar aquí con ella? ¿ Qué hay en la cabaña que no ten­gamos en el palacio?
-Muchas cosas, señor Rey -aseguró la pequeña-. Ella dice estar cansada del palacio y de cuanto contiene, y anhela corretear por el bosque, estar sana, alegre y ocupada el día entero, lo mismo que yo. Quiere aprender a cocinar, ordeñar, barrer y coser, y oír cómo sopla el viento, y bailar con las margaritas, y conversar con mis pajaritos, y soñar sueños felices, y contentarse con estar viva, como yo.
-¡En verdad, eres un Duende audaz! Pero creo que tienes razón, y si mi Princesa puede llegar a tener unas mejillas como las tuyas en tu cabaña, irá cuando quiera -declaró el Rey, divertido por la soltura con que hablaba Betty e impresionado por el contraste entre las dos caritas. que veía : una, como un pálido lirio de jardín; la otra, como una fresca rosa silvestre.
Entonces Bonnibelle contó lo sucedido aquel día, hablando como nunca, y todos la escucharon, asombrados al ver cuán vivaz y dulce podía ser Su Alteza, y se preguntaron qué sería lo que había obrado tan súbito cambio. Pero la vieja nodriza iba por todos lados susurrando:
-Sé que es un verdadero Duende, pues ninguna niña mortal podría ser tan decidida, tan animada, ni hacer lo que ella hizo : cautivar tanto al Rey como a la Reina y convertir a Su Alteza en una niña nueva.
De modo que todos miraron a Betty con sumo respeto, y cuando por fin concluyó la conversación, y el Rey se incorporó para marcharse
con un beso a cada una de las niñas, todos se inclinaron dejando paso al Duende, como si ella también fuera una Princesa.
Mas Betty no se enorgulleció, pues recordaba a los pavos reales al ir tomada de la mano de Bonnibelle tras los monarcas, hasta llegar al gran salón, donde estaba servido un festín y se oía espléndida música.
-Te sentarás conmigo y tendrás mi taza de oro -dijo Bonnibelle, cuando los cuernos de plata guardaron silencio y todos esperaban que el Rey condujera a la Reina hasta su sitio.
-No; debo volver a casa.. Se pone el sol, hay que ordeñar a Daisy y preparar la cena de mi padre.


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