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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.13

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-Bailaré para ti la danza del viento, que es muy alegre, y este hermoso piso es tan liso, que me parece tener alas en los pies.
Dicho esto, Betty comenzó a revolotear de un lado a otro como una hoja al viento; ora se alejaba por la terraza como arrastrada por una ráfaga, ora se quedaba quieta, balanceándose un poco a impulsos de la suave brisa; luego giraba como atrapada por una tormenta, dando vueltas y vueltas hasta semejarse a una hoja de rosal arrebatada por el viento. A veces giraba al lado de la Princesa, para luego aparecer junto a la robusta nodriza, aunque se alejaba antes que la pudieran asir. Una vez bajó de un brinco los escalones de mármol y volvió volando por encima de la barandilla, como si en verdad tuviera alas en los ágiles pies. Al fin la brisa pareció amainar, y la hoja fue a flotar con lentitud a los pies de Bonnibelle, donde quedó sin aliento, sonrosada y fatigada.
Bonnibelle volvió a batir palmas, pero antes de que alcanzara a expresar su deleite, una hermosa dama vino desde la ventana, por donde acababa de presenciar tan lindo ballet. Dos pequeños pajes llevaban su larga cola de seda plateada; dos damas la acompañaban, una cu­briéndole la cabeza con un parasol rosado, y la otra llevando un abanico y un cojín; brillaban joyas en sus blancas manos, su cuello y su cabello, y estaba esplendorosa, pues era la Reina. Pero su expresión era dulce y encantadora, su voz muy suave, y su sonrisa tan bondadosa, que Betty, sin temor, le dedicó su mejor reverencia.
Una vez que colocaron el cojín de damasco sobre uno de los asientos de piedra tallada, que los pajes soltaron la cola y las doncellas cerraron el parasol y le ofrecieron el abanico de oro, todos retrocedieron, y sólo quedaron juntas la Reina, la nodriza y las dos niñas.
-¿Te agrada el nuevo juguete, querida? -inquirió la resplandeciente dama, cuando Bonnibelle corrió a su regazo para contarle cuánto se divertía con el Duende-. De veras creo que es un hada, para haberte dejado tan sonrosada, alegre y satisfecha. ¿Quién te enseñó a bailar de manera tan maravillosa, hija mía? - agregó dirigiéndose a la visitante.
-E! viento, señora Reina -sonrió Betty.
-¿Y quién te enseñó los hermosos cuentos que sabes contar?
-Los pájaros, señora Reina.


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