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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.7

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Betty, excitada por tan hermosa aventura, se mostró tan alegre y cautivadora que la anciana nodriza no tardó en olvidarse de vigilar por si acaso hacía o decía algo fuera de lugar.
Cuando llegaron al gran palacio de mármol, que brillaba al sol, con sus verdes prados, te­rrazas y jardines en flor, Betty no pudo sino contener el aliento, mientras contemplaba cuanto podía, al ser conducida por espléndidas salas y amplias escaleras hasta una habitación colmada de vistosos objetos, donde seis criadas de alegres vestiduras cosían y conversaban.
La Princesa se fue a descansar, pero Betty recibió la indicación de quedarse allí para que la vistieran antes de ir a jugar con Su Alteza. Aquella pieza estaba llena de roperos, cofres, cajas y cestos, en cuyo interior Betty vio montones de lindos vestidos, sombreros, capas y toda clase de ropajes elegantes para niñas. Jamás había soñado con tan espléndidas vestiduras, de puro encaje y moños, seda y terciopelo. Sombreros con flores y plumas, bonitos zapatos rosados y azules, con hebillas de oro y plata; medias de seda semejantes a telas de araña, camisones y enaguas de muselina y de lienzo, y gorritas que parecían bordadas por los dedos de las hadas.
No pudo hacer otra cosa que permanecer quieta, como en un sueño, mientras con suma bondad las criadas quitaban su mísero vestido y sombrero y al cabo de muchas consultas re­lativas a lo que le sentaba mejor, le pusieron al fin un vestido de muselina rosada, un som­brero de paja con rosas, y unos zapatos y medias nuevas. Después de rizarle el cabello, le indicaron que se fijara en el espejo alto y les dijera qué veía en él.
-¡Oh, qué linda niñita! -exclamó Betty, saludando sonriente a la otra niña, que sonrió y le devolvió el saludo. Es que no se conocía, por no haber tenido nunca otro espejo que alguna tranquila laguna del bosque o el arroyuelo del prado.
Las criadas rieron, y entonces ella se dio cuenta de quién era y rió con ellas. Luego bailó, hizo reverencias y se mostró muy alegre hasta que sonó una campana y le ordenaron presen­tarse ante Su Alteza.
Era un salón muy hermoso, todo adornado con colgaduras de seda y encaje azul, una cama de plata, y sillas y divanes de damasco azul; cuadros en las paredes, flores en todas las ventanas, y jaulas de oro llenas de aves.


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