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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.5

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-¡Co, co, qué buena suerte!
He aquí dos huevos, buenos y
frescos,
para que coma nuestra amita.
Y las palomas se llamaban dulcemente, mientras iban de un lado a otro con sus patitas rosadas
-¡Cucú, cucú!
Ven a bañarte en el rocío,
que ya luce la aurora rosada,
por entre nuestros hermosos pinos,
que un nuevo día ya empezó.
Desde su ventana, Betty escuchó y observó, y tan feliz se sintió que besó las rosas que hasta ella llegaban, antes de bajar corriendo para preparar gachas, cantando también como un pajarito. En cuanto partió su padre para trabajar, ella se apresuró a ordeñar a Daisy, barrer el piso y dejar todo limpio, antes de salir a esperar a la Princesa.
-"Bueno, come aquí tu desayuno mientras yo recojo las primaveras, porque este es un lindo sitio y quiero que tengas muy buen aspecto cuando llegue la gente elegante" -ordenó Betty al dejar a la vaca pastando en un sombreado rincón junto al camino, donde el pasto era verde y un viejo roble daba agradable sombra.
Las primaveras estaban todas abiertas y amarillas como el oro, de modo que Betty pre­paró con algunas un gran ramo y un gran ovillo con las demás; después las guardó en su som­brero, bien regadas de agua, y se sentó a coser sobre un tronco caído, mientras Daisy se tendía a rumiar, ataviada con una corona verde de hojas de roble.
No tuvieron que esperar mucho tiempo. Pronto se oyó ruido de cascos, y aparecieron por el camino del bosque los caballitos blancos, agitando sus cabezas; el bonito carruaje con cochero y lacayo de chaquetas azules y plateadas, y adentro la pequeña Princesa, con un sombrero de blanco penacho, sentada junto a su nodriza y envuelta en una suave capa de seda, pues el aire estival le parecía frío.
-¡Oh, allí están el Duende y su linda vaquita blanca! Dile que no huya; quiero verla y oírle cantar -gritó ansiosa la pequeña Princesa, al aproximarse.
Aunque un tanto atemorizada Betty no huyó, pues la nodriza era una anciana de bon­dadoso aspecto, con tocado de campesina, que le sonrió y la saludó con aire maternal y se mostró muy complacida cuando ella le ofreció las flores, diciendo
-¿Querrá aceptarlas la señorita?
-¡Oh sí!; yo quería algunas. Es la primera vez que tengo un ramo de primaveras.


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