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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.4

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-Si no fuera tan tímida, y permitiera que la gente le hablara, creo que pronto se haría de amigos, porque es muy bonita y alegre - declaró el papa, al llegar en busca de otra porción para sus hambrientos pichones.
-La Princesa ha oído hablar de ella y quiere verla... Hoy oí que lo decían las criadas, cuando fui a visitar al primo Herrerillo en el jardín del. palacio. Dijeron que mañana tem­prano, por la mañana, Su Alteza recorrería el bosque de pinos para respirar aire puro. y que tenía la esperanza de ver al Duende y la bonita vaca blanca. Si Betty lo supiera, podría recoger un ramillete de primaveras y ofrecérselo cuando llegue. Eso la complacería tanto, que traería a Betty algún lindo regalo, pues Su Alteza es generosa, aunque muy mal criada, según temo. Aquel plan de mamá Reyezuelo agradó tanto a Betty, que palmoteó, ahuyentando a las aves.
-"¡Lo haré, lo haré! -gritó-. Siempre quise ver a la pequeña Princesa de quien me hablaba mi padre... Está enferma y no puede correr ni jugar como yo, de modo que me encantaría complacerla, y las primaveras ya han brotado. .. Saldré temprano, las recogeré y si ella viene, no escaparé".
Tan complacida quedó Betty con este plan,
que se acostó temprano, pero no olvidó asomarse por la ventana y atisbar, por entre las rosas, el nido donde mamá Reyezuelo cuidaba sus pichones, mientras el papá descansaba cerca, con la cabeza bajo el ala.
"Buenas noches, queridos pájaros, y muchas gracias" -susurró Betty, pero ellos no la oye­ron y sólo piaron soñolientos, como turbados por un sueño. Al elevarse del césped, las golondrinas despertaron a Betty con sus dulces voces
-¡Arriba, arriba, señorita!,
que el día comenzó.
¡Recibe con nosotros
a nuestro padre, el sol!

Y los jóvenes reyezuelos, con las bocas abiertas de par en par, piaron
-Pío, pío, ya es de día,
levántate, mamá
y tráenos el desayuno,
querido papá.

Al partir con las largas patas tendidas, cantaron las cigüeñas, mientras sus pequeños aso­maban las cabezas al sol:
-Otro día viene ya,
estirar las alas, y a volar,
sobre el bosque y la montaña,
en busca de alimento para nuestro nidal.

Mientras el gallo cantaba con vigor, las gallinas grises cacareaban al picotear el piso del gallinero:


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