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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) - pág.2

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Como nadie las molestaba, había muchas alrededor de la cabaña, tan mansas que comían de su mano y se posaban sobre su cabeza. En el techo habitaba una familia de cigüeñas; los gorriones construían bajo los aleros sus nidos de arcilla y los reyezuelos gorjeaban, en sus casitas, entre las rosas ,rojas y blancas que trepaban hasta la ventana de Betty. Las palomas torcaces acudían a picotear el grano que ella les ofrecía; las alondras cantaban-desde el césped cercano, y los ruiseñores la adormecían con sus trinos.
-"Si pudiera saber qué dicen, ¡nos divertiríamos tanto ¡untos! ¿Cómo podría aprenderlo?" -suspiró Betty, un atardecer en que conducía a Daisy de vuelta a casa.
Estaba en el bosque, y al tiempo que hablaba advirtió a una gran lechuza gris que se agi­taba en el suelo, como si estuviera herida. Al punto corrió a ver qué le sucedía, y no se asustó, pese a que el ave la miró con´ sus ojos redondos y castañeteó el pico ganchudo, como si estuviera muy enojada.
-¡Pobrecita! ¡Tiene la pata rota! -exclamó, preguntándose qué hacer para socorrerla.
-No, no es la pata, sino mi ala. Me asomé para ver a un ratón del campo, y un rayo de sol me deslumbró, por eso caí. Levántame, ponme en mi nido y estaré bien -contestó la lechuza.
Tan asombrada quedó Betty al oír hablar a la lechuza, que no se movió. Creyéndola ate­morizada por su tono malhumorado, el ave, pestañeando y cabeceando, dijo con mayor sua­vidad:
-No debería hablar con todo el mundo, ni confiar en ninguna otra niña, pero sé que nunca hiciste daño a ninguno de nosotros. Te he observado desde hace tiempo y me agradas, por eso te recompensaré otorgándote el último deseo que hayas expresado, cualquiera sea. Puedo hacerlo; soy mago y conozco toda clase de hechizos. Ponme en el nido, dime tu deseo y lo obtendrás.
-¡Gracias, gracias! -exclamó Betty-. Deseo comprender lo qué dicen las aves.
-¡Vaya! Ese deseo puede causar problemas, pero te lo concederé si no revelas a nadie cómo te enteraste del secreto. No puedo recibir gente, ni mis vecinos querrán que muchos oigan sus habladurías. No objetarán a que los oigas tú, y así te divertirás, pobrecita -agregó la lechuza, al cabo de una pausa.
Betty prometió, y con el gordo pajarraco bien sujeto en el brazo, trepó el viejo roble y lo depositó a salvo en su agujero, donde se acomodó esponjando las plumas y lanzando un chillido de placer al verse de vuelta en su casa.


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