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El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott)

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Louisa M.Alcott
El buen Duende y la Princesa


No se trata de un verdadero duende, sino de una niñita llamada Betty, que con su padre habitaba en una choza, cerca de un vasto bosque. Como eran pobres, Betty tenía siempre puesto un vestido castaño y un gran sombrero del mismo color, y como pasaba mucho tiempo al sol, tenía la cara tostada, aunque muy bonita gracias a sus mejillas rosadas, ojos oscuros y cabello rizado que agitaba el viento. Era un ser lleno de vida y como no tenía vecinos, trabó amistad con las aves y las flores, los conejos y las ardillas, con quienes se divertía mucho, pues la conocían y amaban entrañablemente. Eran muchos los que pasaban por el hermoso bosque, situado no lejos del palacio del Rey, y cuando veían a la niñita que bailaba en el prado con las margaritas, que perseguía a las ardillas por los árboles, chapoteaba en el arroyuelo o permanecía sentada bajo su gran sombrero como un duendecillo debajo de un hongo, todos decían:
-Allí está el Duende ...
Betty, que era tímida y huraña, trataba de ocultarse cada vez que alguien la llamaba, y resultaba cómico verla desaparecer en el interior de un árbol hueco, echarse entre los altos pastos o escabullirse entre los helechos como un conejo temeroso. Temía a los grandes señores y señoras que se reían de ella y le adjudicaban apodos, pero a quienes nunca se les ocurría llevar un libro, un juguete ni decir una palabra amable a la solitaria niñita.
Su padre, que cuidaba los gamos en el parque del Rey, estaba ausente el día entero, de modo que Betty quedaba sola para barrer la casita, cocer el pan negro y ordeñar a Daisy, la vaca blanca, que vivía en un cobertizo, detrás de la cabaña, y era la mejor amiga de la niña. Como no tenían apacentadero donde alimentarla, una vez concluidas sus tareas, Betty recogía su tejido y conducía a Daisy camino adelante, para que pudiera comer la hierba que crecía a ambos lados, hasta que, ya satisfecha, se tendía a descansar bajo algún árbol. Mientras la vaca rumiaba y dormía, la niña jugaba con sus compañeros, los seres del bosque, o se tendía a mi­rar las nubes, o se balanceaba en las ramas de los árboles, o echaba a navegar botecitos en el arroyuelo. Así era feliz, aunque ansiaba tener alguien con quien hablar y trataba en vano de comprender qué era lo que cantaban las aves el día entero.


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