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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.13

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Poco después apareció un grupo proveniente del hotel. Era evidente que algo estaba por suceder, ya que niños y niñas no cesaban de asomarse detrás de los coches, para ver si ve­nían. Tilda y Patty se preguntaron quiénes serían, pero permanecieron modestamente ale­jadas, sentadas sobre el tronco, y satisfechas al comprobar que todos gozaban del espec­táculo tanto como ellas.
Se oyó un traqueteo en el camino; una carreta se detuvo detrás de la estación, y un mu­chacho excitado llegó corriendo por los rieles para comunicar a los demás niños el misterioso anuncio.
-Los traen, y son verdaderas bellezas.
-Supongo que serán más bombas o bebederos. Bueno, cuanto más sean, mejor -comentó Tilda, alerta a las posibilidades comerciales.
-Ojalá que esa gente no nos mirara de esa manera. Supongo que será por los delantales nuevos, con bolsillos -susurró la tímida Patty, ansiando poder ocultarse dentro de su viejo sombrero.
Pero ambas no tardaron en olvidarse de las bombas y los bolsillos, al aparecer por la es-quina una procesión asombrosa. El señor Benson, tratando de no reírse, pero resplandeciente de calor y risa, conducía a un corderito muy blanco, con un moño rojo en el pescuezo. Lo seguía la señorita Alice que traía otro cordero con moño azul. Parecía muy seria, y se asemejaba más que nunca a un hada buena al presentar su pequeña sorpresa. La gente rió al verlos, pero todos parecieron comprender enseguida la broma, y quedaron muy silenciosos cuando el señor Benson levantó la mano y dijo, en tono tan serio como alegre
-Pequeñas, he aquí dos amigos de aquellos pobres animales, que han venido a agradecerles por su bondad y a demostrarles, según espero, que los ricos no siempre están demasiado ocupados divirtiéndose para recordar a sus vecinos más pobres... ¡Tómenlos, queridas mías, y que Dios las bendiga!
-Esta vez no olvidé a mis corderos, sino que estuve criando éstos para ustedes, y el señor Jacobs, con todo cariño, les ruega que los acepten -agregó la señorita Alice, mientras los dos bonitos animales eran conducidos hasta sus nuevas dueñas, agitando las colas y moviendo las narices de la manera más cordial, aunque, evidentemente, muy extrañados ante tal escena.
Tan asombradas quedaron Tilda y Patty, que enmudecieron de alegría, y sólo pudieron ruborizarse y palmear las lanudas cabezas, sintiéndose como si fueran personajes de cuentos. Los demás niños, encantados ante tan placentero final para esa bella historia, comenzaron a aclamar; los hombres agregaron sus voces vigorosas, mientras las damas agitaban sus parasoles, y todas las ovejas parecieron agregar al coro sus "¡Bee! ¡Bee!" de agradecimiento.


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