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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.10

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Pronto lo siguió el otro tren, y Patty llegó corriendo, con su bandeja vacía y un puñado de monedas, a reunirse con Tilda que, agotada, se había sentado sobre su balde dado vuelta.
-Papá se ocupará del caso, niñas, y gracias a ustedes, las ovejas no tardarán en estar más cómodas -declaró la señorita Alice al reunirse con ellas.
-¡Qué lindo! Ojalá lo hagan pronto; hace tanto calor que hoy hubo varias muertas sin que pudiera evitarlo -repuso Tilda, mientras se abanicaba con su gorro y se enjugaba el sudor de la cara enrojecida.
La señorita Alice sacó del bolsillo un bonito abanico de paja, que le entregó, mirando respetuosa a la pequeña que tan bien cumplía su deber.
-Cuando vengan a la granja, esta noche, pregunten por mí. Tendré algunos sombreros y delantales para ustedes, y además, quiero conocerlas mejor -declaró al recordar los som­breros de ala ancha y los delantales listos para vestir de la tienda de la aldea.
-i Gracias, señora!... Iremos. Ahora que no tendremos que mojarnos con esta tarea, qui­siéramos estar limpias y aseadas -agradeció Patty.
-¿Siempre venden aquí sus fresas? -inquirió Alice, mientras observaba cómo guardaba Tilda las monedas.
-Por cierto, y podríamos vender más si fuéramos las dos... Pero mamá dijo que está­bamos ganando dinero a manos llenas, y que no nos convenía enriquecernos demasiado pronto -repuso Tilda con sabiduría.
Los dos ancianos caballeros llegaron justo a tiempo para oír el discurso de Tilda.
-Nos conviene recordar eso, Benson, especialmente ahora, para no fijarnos demasiado en esta pequeña mejora en nuestros vagones de ganado -comentó el presidente del ferro­carril.
-Su madre es una mujer admirable; debo ir a visitarla -agregó el señor Benson.

-Sí, lo es, señor. Con placer lo recibirá en cualquier momento -repuso Tilda, poniéndose
de pie, respetuosa, al verse interpelada por sus mayores.
-¿Así que se están enriqueciendo demasiado? En tal caso, ¿no podré pedirles que in­viertan en mi nombre esta suma en su negocio? -inquirió el señor Jacobs, mientras les ofrecía dos dólares de plata como si le avergonzara.
Resplandecieron los ojos de las hermanas, y Patty tendió la mano involuntariamente, como .si pensara en cuántas cosas podía comprar con tanto dinero.
-¿Bastarán para comprar un cordero? ¿Y a usted le gustaría que lo empleáramos de esa forma? -preguntó Tilda en tono formal.


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