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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.7

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-Ojalá no nos roben durante el regreso a casa... Será mejor que los guardes en tu pecho; si no, alguien podría verlos -sugirió la prudente Patty, oprimida por la responsabilidad de tanta riqueza.
-¡Allá va el barco! -exclamó Tilda-. ¿No te , parece hermoso? Y esas son las personas más simpáticas que he visto en mi vida.
-Ella es de lo más elegante... Ojalá tuviera yo un vestido blanco y un sombrero como ese. Cuando me besó, sentí en la mejilla esa pluma larga, tan suave como el ala de un ave, y su cabello era rizado como el retrato que recortamos del diario -agregó Patty, mientras seguía el barco con la vista, como si le resultara delicioso aquel toque de misterio en su vida de trabajo.
-Deben ser muy ricos para querer tantas fresas... Tendremos que darnos prisa para recoger bastantes para ellos y los pasajeros del tren. Vamos ahora mismo a ese sitio denso que dejamos esta mañana; si no, Elviry es capaz de adelantársenos -propuso la práctica Tilda, mientras se incorporaba dispuesta a aprovechar la ocasión.
Pero ni una ni otra soñaban siquiera en la cosecha que obtendrían ese verano, debida toda a su prontitud en responder a aquellos lastimosos balidos.

Bee Segundo


iguió una semana de mucho trabajo y calor, pues las fresas eran entregadas puntualmente en la granja y éxitosamente vendidas en la estación, y, lo mejor de
todo, las ovejas recibían toda el agua que podían reunir dos baldes y dos niñitas. Todos los demás las olvidaron. El señor Benson estaba muy ocupado en la ciudad lejana; la señorita Alice pasábase el día paseando, navegando y merendando, y los hombres del depósito no tenían órdenes de cuidar a las pobres bestias. Pero Tilda y Patty nunca las olvidaron, y bajo la lluvia o el sol, allí estaban a la llegada del tren, esperando hacer cuanto podían, con sus baldes colmados, manojos de pasto o ramas verdes, para recon­fortar a los sufrientes viajeros en los que nadie pensaba.
Los toscos conductores de diligencias se reían de ellas; los guardafrenos las echaban, y el jefe de estación afirmaba que eran unas, "tontitas", pero nada desanimaba a las pequeñas hermanas de caridad, a quienes no tardaron en dejar tranquilas. Sus brazos se cansaban de levantar los baldes; les dolían las espaldas de tanto transportar agua, y su madre no les permitía ponerse otra cosa que sus ropas más viejas para esa tarea, de modo que sufrían lo suyo, pero cumplían con valor y sin esperar agradecimiento alguno.


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