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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.6

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-Sí, y ella es muy lista, pasará de grado y le hacen falta libros nuevos, que cuestan tanto,
y como mamá no es rica, los compramos nosotras mismas -agregó Patty, olvidada de su timidez eh su orgullo por su hermana.
-¡Qué valerosas!... ¿Cuánto hará falta para las botas y los libros? -inquirió la dama, con una mirada al anciano caballero, que comía fresas de su cesta.
-Creo que tanto como cinco dólares... Queremos comprar un chal a mamá para que pueda ir a las reuniones. Es un secreto, y todos los días recogemos fresas con mucho ahínco, porque no duran mucho -explicó Tilda con sabiduría.
-A ella se le ocurrió venir aquí... Estábamos tan apenadas por haber perdido nuestro puesto eh el hotel, que no sabíamos qué hacer, hasta que Tilda imaginó este plan. Yo lo considero espléndido -y Patty contempló su medio dólar con inmensa satisfacción.
-No arruines el plan, Alice. Pasaré todas las semanas mientras tú estés aquí, y me ase­guraré de su éxito -asintió el caballero, para agregar en voz más alta-: Estas fresas son muy buenas; quiero que día por medio lleven cuatro kilos a la granja de Miller, que está allá. ¿La conocen?
-¡Sí, señor! ¡Sí, señor! -respondieron dos voces anhelantes, pues las niñas imaginaron que estaba a punto de descargarse una lluvia de medios dólares.
-Yo vengo todos los sábados y parto los lunes, y las buscaré aquí. Pueden dar tanta agua como gusten a las ovejas. Les hace falta, pobres bestias -agregó el anciano.
-¡Lo haremos, señor, lo haremos! -exclamaron las pequeñas, con tales expresiones de gratitud inocente y buena voluntad, que la joven señora se inclinó y las besó a las dos.
-Ahora debemos partir, querida, para no hacer esperar más a nuestros amigos -anunció el caballero, volviéndose hacia las cabezas que aún se movían entre los arbustos.
-¡Adiós, adiós!... ¡No olvidaremos las fresas ni las ovejas! -gritaron las niñas, mientras agitaban el delantal manchado como un estandarte y mostraban todos sus blancos dientes en las sonrisas de placer que dedicaban a sus nuevos amigos.
"Ni yo a mis corderitos" -se dijo Alice, al tiempo que seguía a su padre en dirección al barco.
-¡Qué dirá mamá cuando se lo contemos y le mostremos tanto dinero! -exclamó Tilda, mientras echaba los centavos en su regazo y, arrobada, hacía tintinear los medios dólares antes de guardarlos de nuevo.


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