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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.4

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-Podríamos haber vendido hasta la última... A la gente les gustaron muchísimo, y la próxima vez traeremos cada una dos docenas de cestas. Pero tendremos que andar despiertas, porque algunos niños pretenden elegir la que más les gusta. ¡Es divertido, Patty! -aseguró Tilda, mientras sujetaba las preciosas monedas en una punta de su pañuelito deshilachado.
-Y esto también -repuso la otra, con una última palmada cariñosa en el hocico de su pa­ciente, al tiempo que el tren se ponía en movimiento, -y pasaba ante ellas un vagón tras otro de sufrientes ovejas, entre lamentos lastimeros y vanos esfuerzos por alcanzar el agua que tanta falta les hacía.
La pobre Patty no pudo soportarlo. Estaba acalorada, fatigada y descontenta por poder hacer tan poco, y cuando sus ojos compasivos perdieron de vista aquella carga de desdicha, no pudo hacer otra cosa que sentarse a llorar.
Pero Tilda protestaba mientras volvía a guardar cuidadosamente en el balde las fresas no vendidas, sin haber notado todavía la presencia de aquellas personas junto a la laguna, tras los arbustos.
-Es la cosa más perversa que he visto en mi vida, y ojalá fuera un hombre, así podría ponerle remedio. Encerraría en esos vagones a todos los del ferrocarril durante horas y horas y horas, sin dejar de pasar frente a lagunas, y además pondría helados donde no pudieran alcanzarlos, y muchos abanicos, y otras personas bien frescas y cómodas, sin importarles nada de su calor, su cansancio y su sed. ¡Sí que lo haría! Y entonces veríamos si les agrada.
Aquí la indignada Tilda tuvo que detenerse para tomar aliento, y sé reanimó chupándose el jugo de fresas de los dedos.
-Tenemos que hacer algo al respecto... Nunca seré feliz pensando en esas pobres ovejitas que van tan lejos sin agua alguna. Tener sed es terrible -sollozó Patty, mientras se bebía sus propias lágrimas.
-Si tuviera una manguera, vendría todos los días a regar esos vagones; así remediaría algo. De cualquier manera, traeremos el otro balde grande y echaremos toda el agua que podamos -propuso Tilda, cuyo activo cerebro siempre estaba dispuesto a ofrecer planes.
-Entonces, no venderemos nuestras fresas -comenzó Patty, abatida, pues todo el mundo se le presentaba entristecido por lo que acababa de ver.
-Vendremos temprano y trabajaremos duro hasta que llegue el tren. Entonces yo venderé mientras tú sigues regando con los dos baldes.


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