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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.3

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-¡Corre, Patty, esta pobrecita está media muerta ! Echale un poco en la cara mientras yo impido a esta grandota que siga pisándola. ¡Dios mío, cuántas son! ¡No podemos ayudar ni a la mitad, y nuestros jarros son tan pequeños!
-Ya sé lo que haré, Tilda; volcaré las fresas en mi delantal y traeré bastante de una sola vez -gritó Patty, medio trastornada por la compasión.
-Arruinarás tu delantal y aplastarás las fresas, pero no importa. Lo mismo me da que no vendamos ni una, si podemos ayudar a estos pobre animalitos -repuso la enérgica Tilda, mientras se internaba en la laguna hasta los tobillos para llenar el balde, mientras Patty amontonaba la fruta en su delantal a cuadros.
-¡Oh. qué lástima! ¡Viene el tren! -exclamó esta última, cuando una penetrante pitada despertó ecos y se oyó un retumbar cada vez más cercano.
-Pues que venga... No abandonaré a esta ovejita hasta que mejore. Ve y vende la primera parte; yo iré en cuanto pueda -ordenó Tilda, tan atareada reviviendo al animal ex­hausto, que no podía detenerse ni siquiera para dar comienzo al plan acariciado.
-No me atrevo a ir sola; ven a ofrecer, que yo sostendré la bandeja -tembló la pobre Patty, muy atemorizada al llegar el tren con una cabeza en cada ventanilla.
-No seas chiquilla... Entonces quédate a trabajar aquí, que yo iré a vender todas las cestas. Tan enojada estoy por estas pobrecitas, que no temo a nadie -proclamó Tilda, arro­jando agua por última vez entre las pocas ovejas favorecidas, antes de recoger la bandeja y dirigirse al andén. Estaba acalorada, mojada y harapienta, pero tenía el corazón colmado de la justa ira y tierna compasión que pretenden remediar la mitad de los males de este mundo enorme.
-¡Oh, mamá, fíjate en esas lindas cestitas! Cómprame algunas, que estoy muy sediento y cansado -exclamaron, ansiosos, más de un pequeño viajero, al oír que Tilda, bandeja en alto, gritaba con valor:
-¡Fresas frescas! ¡Fresas frescas! ¡Diez centavos! ¡Solamente diez centavos!
Las vendió a todas en diez minutos, y de haber estado Patty con ella, podría haber vaciado su balde antes de la partida del tren. Pero la otra pequeña samaritana estaba en plena labor, y cuando su hermana se reunió
con ella mostrándole orgullosa un puñado de plata, ella a su vez, más orgullosa aún, le mostró a su lanudo inválido que mordisqueaba débilmente el pasto de su mano.


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