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¡Bee! ¡Bee! (Louisa May Alcott) - pág.2

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Todos parecían satisfechos al bajar durante los diez minutos de parada, aunque su viaje no hubiera concluido todavía; y mientras tanto gozaban del aire puro proveniente de la la­guna, o presenciaban la carga de las diligencias, Tilda y Patty se proponían ofrecer sus tentadoras cestitas de frutas y flores frescas. Era un gran esfuerzo, y sus corazones latían de esperanza y temor infantiles al llegar a la vista de la estación, donde no se veía a nadie, salvo a los joviales conductores de diligencias, que descansaban a la sombra.
-Hay tiempo de sobra. Vamos a lavarnos y beber un trago de agua en la laguna; la gente no nos verá detrás de esos vagones -propuso Tilda, deseando ocultarse hasta la llegada del tren, puesto que aún su valor parecía abandonarle al aproximarse el momento cul­minante.
En una vía lateral, un largo tren de ganado esperaba el paso del otro ; y mientras las niñas hundían los pies en el agua fresca o bebían de sus manos, un sonido lastimoso llenó el aire. Cientos de ovejas, que apretujadas en los vagones sufrían agonías a causa del polvo, el calor y la sed, asomaban sus pobres hocicos entre los barrotes, balando frenéticas, pues el ver tanta agua, tan cercana y al mismo tiempo tan imposible de alcanzar, las enloquecía. Las que estaban más alejadas y no alcanzaban a ver el lago azul, podían olerlo, y repetían el grito hasta despertar ecos en el bosque, al punto que los mismos conductores indiferentes comentaron compadecidos
-Este día caluroso resulta duro para los pobres animales, ¿no?
-¡Oh, Tilda, óyelas balar y mira cómo se agrupan de este lado para llegar al agua! Lle­vémosles un poco en nuestros jarros. Tener sed es espantoso -exclamó la bondadosa Patty, mientras llenaba su jarro y corría a ofrecerlo al más cercano de aquellos hocicos estirados.
Una docena de lenguas sedientas intentaron lamer el agua de modo que en el forcejeo el jarrito no tardó en quedar vacío pero Patty corrió en busca de más y Tilda hizo lo mismo, tan excitadas ambas por la situación de los animales, que no oyeron el silbato lejano del
tren y siguieron corriendo de un lado a otro, en su piadosa labor, sin preocuparse por sus pies fatigados, sus caras calenturientas y las preciosas flores que se marchitaban al sol.
Tampoco vieron a un grupo de personas que, sentadas allí cerca, bajo los árboles, las observaban y escuchaban su ansiosa conversación con sonriente interés.


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