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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.151

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del pájaro, pluma que, con todo, era tan gorda como nuestro pulgar; y en
cuanto esta mujer hizo señas al pájaro para que partiésemos, sentimos
todos que atravesábamos el aire con una rápida violencia. El cóndor
moderaba o forzaba su vuelo, lo aterrizaba o levantaba, según la voluntad
de su dueña, que con su voz lo guiaba como si lo llevase con bridas. Aún
no habíamos volado doscientas leguas cuando percibimos sobre la tierra y a
nuestra mano izquierda una noche semejante a la que producía bajo él
nuestro viviente quitasol. Nosotros preguntamos a la extranjera qué
pensaba ella que sería esto: «Es otro culpable que para ser juzgado va
también hacia la provincia donde nosotros nos encaminamos; seguramente su
pájaro es más fuerte que el nuestro o nosotros nos hemos entretenido mucho
por el camino, pues él salió después que yo». Yo le pregunté de qué crimen
se acusaba a tal desgraciado: «No sólo se le acusa -me contestó ella-,
sino que se le condena a muerte; y ello porque ha declarado que no teme a
la muerte». «¿Cómo es eso? -dijo Campanella-. ¿Las leyes de vuestro país
obligan a temer a la muerte?» «Si -replicó la mujer-; a eso obligan a
todos, menos a los que pertenecen al Colegio de los Sabios. Y ello porque
nuestros magistrados han comprobado, a fuerza de funestas experiencias,
que el que no teme el perder la vida es capaz de quitársela a cualquiera».
Después de otras muchas pláticas a las que éstas nos abocaron,
Campanella quiso saber prolijamente las costumbres del País de los
Enamorados. Le preguntó, pues, a la mujer cuáles eran las leyes y
costumbres de su reino; pero ella se excusó porque como, según dijo, no
había nacido en ese país, no lo conocía más que a medias y temía que sus
informes fuesen demasiado ligeros; y continuó: «Es verdad que yo vengo de


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