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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.146

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viviente de todos sus pensamientos».
Mi guía estaba dispuesto a continuar hablándome; pero le dejó con la
palabra en los labios un acontecimiento hasta entonces nunca visto; y fue
que de repente observamos nosotros que la tierra se ennegrecía bajo
nuestros pasos y que el cielo, alumbrado por muchos rayos, se extendía
sobre nuestras cabezas como si entre nosotros y el Sol se hubiese
interpuesto un largo dosel de más de cuatro leguas.
Muy difícil es que pueda deciros lo que nosotros pensamos en esta
coyuntura. Nos asaltaron los más absurdos temores, hasta el de que el
mundo se acábase, sin que ninguno de ellos nos pareciese inoportuno, pues
el ver el Sol lleno de obscura noche y de aire ennubarrado y sin luz no es
un milagro que ocurra todos los días. Pero no quedó en esto todo, pues
seguidamente un ruido agrio y chillón, parecido al chirrido de una polea
que girase con mucha rapidez, vino a herir nuestros oídos, al propio
tiempo que nuestros ojos veían caer una jaula en el suelo. Y apenas estuvo
en él cuando se abrió y de ella salieron un hombre y una mujer. Llevaban
en las manos un áncora, que fondearon en la base de una roca, y luego que
hicieron esto vimos que venían hacia nosotros. La mujer llevaba cogido al
hombre y lo arrastraba amenazándole. Cuando estuvo cerca de nosotros nos
dijo, con una voz un poco emocionada: «Señores, ¿no es este lugar la
Provincia de los Filósofos?» Yo contesté que no; pero que con andar
veinticuatro horas nosotros teníamos la esperanza de llegar hasta ella;
que este anciano que sufría mi compañía era uno de los principales
príncipes de esta monarquía. «Puesto que vos sois filósofo -respondió
entonces esta mujer dirigiéndose a Campanella-, es necesario que, sin ir
más lejos, en este punto os descubra las cuitas de mi corazón.


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