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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.127

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Aquélla atacaba con mucho ardimiento, pero ésta resistía sus ataques
impenetrablemente. Cada choque que entre ellas se producía engendraba un
gran trueno, como sucede en los mundos que hay alrededor de éste, en los
cuales cuando una nube cálida se encuentra con una fría produce el mismo
ruido.
A cada mirada de cólera que dirigía contra su enemigo, brotaba de los
ojos de la Salamandra una luz roja, con la cual el aire parecía
encenderse; al volar sudaba una especie de aceite hirviente y meaba
salfumán.
La Rémora por su parte, gruesa, pesada y cuadrada, mostraba un cuerpo
lleno de escamas de hielo. Sus grandes ojos parecían dos platos de
cristal, cuyas miradas producían una luz tan fría que yo sentía palpitar
el invierno en todas las partes de mi cuerpo donde ella los posaba. Si
quería protegerme con mi mano, era ésta la que quedaba helada; hasta el
aire alrededor de esta bestia se convertía en espesa nieve cuando sufría
su rigor; la tierra se endurecía bajo sus pasos y podían contarse las
huellas de la bestia por la cantidad de escalofríos que yo sentía cuando
andaba por encima de ellas.
Al empezar el combate, la Salamandra, merced a la vigorosa
impetuosidad de su primer ardor, había hecho sudar a la Rémora; pero a la
larga, y como este sudor se enfriase, ésta esmaltó toda la llanura con una
escarcha tan resbaladiza que la Salamandra ya no podía alcanzarla sin
caerse. El filósofo y yo pudimos observar claramente que con tantas veces
de caerse y levantarse se había cansado, pues los grandes truenos que
antes eran tan espantosos, producidos por el choque con que acometía a su
enemigo, ya no eran más que ese sordo ruido de los pequeños truenos que
suceden al final de una tempestad; hasta que este ruido sordo,
disminuyendo poco a poco, degeneró en un estremecimiento parecido al que


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